Existen experiencias en el mundo que están al alcance de muy pocos. El privilegio de alcanzar algunos lugares, de disfrutar de ciertas vivencias o de aprovechar oportunidades limitadas puede, y debe, interpretarse como un lujo, que no siempre va asociado a la cantidad de estrellas del alojamiento en el que pernoctemos.
De hecho, si bien el lujo más tradicional con la percepción que todo el mundo puede tener en su mente, con restaurantes gastronómicos, desplazamientos en vehículos de alta gama y hoteles de 5 estrellas Gran Lujo sigue en aumento, una concepción diferente del término lujo gana adeptos a la hora de viajar.
Estos viajes de lujo no se miden en estándares internacionales, sino en cupos tan limitados que son únicos, en sensaciones que agrandan el alma ante escenarios sobrecogedores o en conexiones con la inmensidad de la naturaleza, por ejemplo.
Cuatro experiencias de lujo para viajeros diferentes
Mirar a los ojos a un gorila de montaña en Uganda, mover ganado en un auténtico rancho estadounidense al estilo cowboy, hacer yoga en la Antártida, pasar una noche entre monjes durante una peregrinación espiritual en Japón son algunas de las experiencias que proponemos en Kinsai.
Máximo 8 visitas de media hora al día
Hablamos de los Gorilas de Montaña, una de las especies más amenazadas de la tierra y con un futuro más oscuro debido al constante deterioro de sus hábitats naturales en las junglas montañosas de África central. Unas pocas docenas de personas gozan, cada año, del privilegio de compartir entre 20 y 40 minutos con una familia de gorilas en alguno de los parques nacionales repartidos entre Uganda, Ruanda y la República Democrática del Congo.
De las escasas 40 familias de gorilas habituadas a la presencia humana, únicamente algunas de las que habitan en Uganda y Ruanda pueden recibir turistas (el resto están habituadas a los humanos para investigación científica), por lo que únicamente unas 25 familias reciben visitantes y con un máximo de 8 visitas por día, para todo el mundo. Los números ya definen una experiencia muy restringida.
Más allá de datos, la experiencia comienza al ajustarse las polainas y el chubasquero, tomar el bastón y comenzar a andar cuesta arriba en dirección a la jungla, rodeado de guías, porteadores y guardas, del sonido de la jungla, los pájaros, los monos, el constante repiqueteo de la omnipresente llovizna de Bwindi, el chapoteo de nuestro calzado en el barro de los estrechos caminos.
La experiencia sobrecarga nuestros sentidos durante el ascenso hasta que los guías comienzan a pedir silencio y entonces la adrenalina se dispara. Están cerca. Los siguientes minutos transcurren entre la fascinación y el embelesamiento ante la grandeza, la familiaridad y la distancia, mucho menos lejana de lo que imaginamos, con las escenas familiares que van a transcurrir ante nuestros ojos. La curiosidad de los ejemplares jóvenes y la protección relajada de los adultos hechizan al visitante que regresa con multitud de imágenes en su retina (y su cámara de fotos).
Pero es la sonrisa en cada rostro lo que marca la diferencia. La sonrisa que se nos dibuja cuando somos conscientes de que hemos experimentado algo único, hemos visitado a nuestros más lejanos parientes y, a pesar de nuestras diferencias, nos hemos reconocido en los ojos del otro.

Cultura indígena norteamericana en zonas remotas
En los lugares más remotos de Estados Unidos, aún se conserva la tradición de manejo del ganado al estilo cowboy. Wyoming o Montana y sus paisajes de imposible belleza también ofrecen la posibilidad de vivirlos al más auténtico estilo de las películas del oeste: subidos a un caballo dirigiendo enormes cantidades de ganado hacia sus pastos veraniegos.
En esta ocasión, hablamos de una experiencia exigente que requiere de cierta experiencia previa en cabalgar, usar un lazo o cocinar rancho en una fogata, habilidades que se enseñan en los propios ranchos mientras se trabaja en el cuidado del ganado, se pasea por los entornos naturales más espectaculares del país o se aprende más sobre la cultura de los indígenas norteamericanos.
Quedan pocos lugares en los que sea posible vivir la auténtica experiencia cowboy y no es para todos los públicos, pero aún quedan sitios donde se puede vivir en nuestras propias carnes la dureza del trabajo, la comunión con la naturaleza o la simple sensación de estar viviendo desde dentro en una película del Hollywood dorado.
Desde Kinsai proponen pasar los días aprendiendo los modos de vida cowboy para, el día señalado, preparar nuestro caballo y lanzarnos a controlar el ganado, la adrenalina de los momentos de tensión, la camaradería entre los cowboys, los silbidos… ¡Y las agujetas al bajarnos del caballo! Pero mirar a nuestro alrededor a la puesta del sol mientras cepillas a tu compañero cuadrúpedo y contemplar la majestuosidad de la naturaleza, las montañas cercanas, el sonido del viento mientras el cansancio te envuelve en su relajante abrazo es una experiencia de lujo fuera de los circuitos turísticos que muchos amantes de lo auténtico y lo natural disfrutarían enormemente.

Solo 30 habitaciones para practicar yoga en la Antártida
Existen únicamente 3 campamentos turísticos en toda la Antártida y no están abiertos a lo largo de todo el año. Con menos de 10 habitaciones cada uno, se trata de una de las experiencias más exclusivas de la tierra. Pero además, en este caso, se ha diseñado cumpliendo todas las posibles expectativas del viajero de alto nivel, lo que incluye diseños exclusivos de interiores y una carta de actividades entre las que se puede encontrar la escalada de paredes de hielo milenario, la exploración de cuevas de hielo, paseos en bicicletas especiales y adaptadas o hacer yoga en una cúpula transparente rodeados de la majestuosidad helada del único continente deshabitado del planeta.
Es difícil describir las sensaciones que se obtienen en un lugar tan extremo y cada hora del día puede provocar diferentes emociones. Pasar de un sol esplendoroso durante nuestra sesión de yoga a vernos inmersos en una tormenta de nieve puede suceder en 30 minutos escasos, por lo que la seguridad siempre predomina en cada actividad que se realiza.
Vestirnos adecuadamente antes de abandonar nuestra habitación (que realmente es un módulo de exploración interplanetaria diseñado por la NASA, en forma de geoda, modificado para albergar todo tipo de comodidades), salir al helado exterior hasta llegar a la geoda transparente en la que se realiza la actividad de yoga y la de masajes es ya, de por sí, una aventura con tintes rutinarios. Una vez dentro, según avanza la clase y nuestra respiración se acompasa, nuestros latidos del corazón entran en resonancia con el viento, con el paisaje helado y con la soledad. El cerebro se vacía de ruido y sólo queda el paisaje, la respiración y nosotros en una comunión imposible de igualar en ningún otro lugar del planeta.
Hablamos de un viaje a la mano de muy pocos, pero el privilegio de la experiencia va mucho más allá de llegar donde pocos han llegado y mucho más allá de transportar nuestras rutinas a un entorno único, es la constatación de la soledad frente a la naturaleza, frente al planeta, frente a la nada del hielo que tantas cosas alberga.

Peregrinar por la naturaleza de Japón
Acostumbrados como estamos, en nuestro país, a escuchar hablar sobre el Camino de Santiago, quizá no nos hemos parado a reflexionar demasiado en lo que una peregrinación significa para cada peregrino específicamente. Está el enamorado de la naturaleza que únicamente quiere recorrer parajes de belleza espectacular, quien tienen una motivación más personal e íntima y que vincula esas experiencias que recibe durante el camino a algo que solo le pertenece a él o el peregrino auténticamente espiritual que busca realizar una comunión espiritual con las necesidades de su alma y su vinculación con su dios.
Cada peregrinación cuenta una historia diferente y nosotros en Kinsai proponemos una peregrinación que nos ponga en un contexto totalmente ajeno al viajero. Probablemente no sea tu dios, ni tu religión, no recorres tu país ni los paisajes te son familiares; pero la comunión y la espiritualidad del momento son exactamente los mismos.
El disfrute de la naturaleza en el monte Koya de Japón durante el Kumano Kodo, el desafío de visitar los 88 templos de la isla de Shikoku durante el Shikoku Henro o el relativamente desconocido camino de las tres montañas del Dewa Sanzan son algunas de las peregrinaciones tradicionales que recorren diferentes partes de Japón. Todas comparten una comunión especial con la naturaleza pero se trata de experiencias muy diferentes entre sí. Sin embargo, destaca la posibilidad que ofrecen algunas de las rutas de peregrinación al monte Koya, como el Kumano Kodo, de pasar una noche en un templo junto a otros peregrinos, observando la etiqueta y costumbres relacionadas a la peregrinación y comiendo comida tradicional de la región de Kii.
Peregrinar no es pasear, es andar, es recorrer un camino que, en ocasiones, puede ser exigente y durante el que el cansancio es parte de la experiencia. Porque ese cansancio hace acto de presencia en entornos muy particulares, en los que la mezcla de agotamiento y espiritualidad derriban las barreras de nuestra realidad individual para abrazar una paz colectiva.
Peregrinar en Japón se traduce en recorrer bosques de alcanforeros durante el día, abrazados por el viento y el fragante olor de los bosques antiguos, para llegar a un templo sagrado que exhuma espiritualidad en cada rincón. Templos que reciben con una cuesta diseñada para que nuestros cansados músculos sufran un poco más y abran un poco más nuestra capacidad para absorber la espectacular energía del lugar, que emana de la paz, del sonido o de la comunión con la naturaleza y el entorno.
No es la gloria vertical de los templos góticos europeos, sino la paz espiritual de sentirnos parte del todo, desprendiéndonos de nosotros mismos, en un momento en el que el viajero puede prácticamente escuchar cómo encaja su yin con su yang o, como se conoce en Japón, Onmyõ.
En un mundo en el que todo parece medible, clasificable y accesible, el verdadero lujo se redefine lejos de las estrellas y los estándares. Ya no basta con volar en clase business o alojarse en un hotel de cinco estrellas: el nuevo lujo reside en lo irrepetible, en lo limitado, en aquello que no puede replicarse ni comprarse dos veces. Son experiencias que trascienden lo material para convertirse en recuerdos imborrables, en instantes que nos transforman y nos acompañan para siempre. Porque, al final, el auténtico lujo no es dónde estás, sino lo que sientes, lo que vives y lo que permanece contigo mucho después de haber regresado.
Iñaki Parrón, cofundador de Kinsai